jueves 7 de mayo de 2009
Introducción a la filosofía.
Algunos, amablemente, me han preguntado que qué ando haciendo, que por qué me fui o por qué dejé de postear.
Varias cosas han cambiado mi vida, entre otras, una de las principales fue el nacimiento de mi nieta Paula. Y otras que no viene a cuento, pero hay una también muy importante: me he puesto a escribir y tengo la meta de poder terminar al menos tres libros en este año. La cosa es difícil, porque además sigo con lo de siempre y las crisis se han encargado de hacer esto un poco más interesante, por decirlo de algún modo.
Pero hoy, y en este espacio tan poco concurrido, quiero mostrarles un poco de lo que estoy haciendo.
Publico a continuación el primer capítulo de un libro que se llamará como el título de esta entrada. No esperen más, porque pretendo publicarlo bien (como ya estoy por cumplir con uno de los tres libros que digo, con una editorial importante en México), pero no me quiero quedar con las ganas de compartirlo con ustedes.
Quizá les parezca un tema impropio para un blog, pero a mí me parece perfecto para uno, precisamente, de filosofía. Así que sin más, ahí les va.
Saludos.
Blas Torillo.
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I. Primera definición.
De manera sencilla y a riesgo de parecer simplista, podemos decir que la filosofía es el ejercicio racional por el que buscamos las respuestas verdaderas a preguntas fundamentales sobre nuestro ser y destino, sobre nuestra relación con las demás personas y con el universo en que vivimos.
Este ejercicio debe ser siempre crítico, de sí mismo y de los objetos sobre los que se pregunta, entendiendo esta criticidad como al acto de tomar distancia de la situación concreta del observador, separando lo que se "cree" de lo que "es", apartándose de la concepción del mundo comúnmente aceptada, negándola y construyendo una nueva, verificada y verificable.
La definición implica algunas condiciones y características que deben cumplirse. La primera es la de la racionalidad.
Ser racionales es lo que nos distingue de los demás seres vivos. Hasta donde sabemos, somos los únicos que nos planteamos la cuestión de quiénes somos y los únicos que tenemos conciencia no sólo del pasado, de lo que hay cierta evidencia en algunas especies distintas a la nuestra, sino sobre todo del futuro y nos planteamos la posibilidad de crearlo a discreción. Esta condición es imprescindible para realizar un ejercicio filosófico, pero no es suficiente. La racionalidad no se circunscribe únicamente al uso del sentido común, sino que requiere un aprendizaje, además de una constante verificación de sus logros, mediante la comprobación de lo que vamos pensando. Ser racionales entonces no es simplemente un atributo del seamos poseedores por naturaleza, sino que poco a poco nos vamos convirtiendo cada vez más en usuarios de ciertas herramientas de la mente que nos hacen más lúcidos y precisos en la manera en que percibimos el mundo y cómo nos percibimos en él. Así, la condición de ser racionales se va perfeccionando, aunque no siempre es un camino llano ni sencillo, por lo que muchos simplemente se quedan a la mitad de él, afirmando no más que cosas que el sentido común dicta.
El asunto de las respuestas verdaderas también es una condición que debemos analizar. Las cosas que nos parecen obvias no necesariamente son verdaderas. Parecía a los antiguos que la Tierra era el centro del universo y que éste giraba en torno a la primera. Dicha “verdad” fue usada para múltiples propósitos, tanto científicos y políticos, como prácticos y esotéricos. Desde instituciones completas que crearon sus discursos alrededor de ella, hasta personas simples que decidían sobre sus vidas basados en esta incuestionable afirmación. Pero un día llegó Copérnico y con él, poco después, Galileo Galilei. En el despertar de la ciencia como la conocemos, con estos personajes y otros como ellos, la humanidad encontró que las verdades “incuestionables” son temerarias, en tanto que siempre puede haber tanto nuevas maneras de abordar un problema o pregunta, como nuevas perspectivas sobre respuestas dadas como ciertas que las ponen en entredicho. Y este aprendizaje nos ha demostrado que no hay motivo para dejar de usar nuestra razón ante los fenómenos que observamos y vivimos en sociedad y como individuos, aunque creamos que ya sabemos la verdad sobre ellos.
Sin embargo, las respuestas verdaderas que busca la filosofía no son las de la ciencia, al menos no en primer lugar. Los temas en que la filosofía se ha embarcado a lo largo de su historia tienen que ver con una manera distinta de concebir la verdad. En filosofía puede no haber demostración empírica, condición indispensable para el pensamiento científico, y sin embargo constituirse un discurso verdadero a partir de premisas argumentativas sólidas y válidas. Las verdades de la filosofía son sin embargo, y precisamente por esta última condición, discutibles por su propia naturaleza y no como en el caso de la ciencia, por los resultados empíricos que ésta obtenga. Pero la fuerza de las verdades filosóficas radica en lo que aparentemente es su debilidad. Sin esta característica de lo argumentativo, lo dicho por los pensadores más destacados y antiguos habría quedado ya como sentencia y caso cerrado, pero es obvio que no es así. Las razones pueden ser muchas, pero entre las que creo fundamentales está la del cambio permanente a que estamos sujetas las personas, tanto como individuos como sociedad. Estos cambios nos hacen pensar en que las respuestas de antes deben adecuarse, modificarse, adicionarse o definitivamente cambiarse por otras nuevas. De este modo, el pensamiento filosófico está en constante actualización, crítica, verificación y recreación, para dar solución a los cuestionamientos trascendentes de los humanos vivos que se siguen preguntando lo que los humanos de siempre.
La búsqueda de respuestas y la condición de que tales respuestas sean verdaderas es lo que da sentido al uso de la razón. Si usásemos nuestro intelecto para buscar cosas falsas o dudosas, estaríamos desperdiciando nuestro potencial de comprender y eventualmente controlar al menos una parte de la naturaleza y de la condición humana. El problema está en que nadie puede afirmar a este nivel ni en esta época que lo que se sabe es LO verdadero. LA verdad. O que lo que está buscando es en realidad falaz o impertinente. Y ante la duda, no queda más que seguir buscando. La invención de lo que hoy llamamos método científico, ha resultado en una de las más rentables notas del pensamiento humano. No es que la ciencia lo pueda todo o esté en posibilidad de saberlo todo, sino que hace del ejercicio especulativo uno que asienta sus raíces en el valor de la prueba, indudable recurso central de esta manera de pensar. La ciencia es en sí resultado de una manera de pensar al ser y al mundo, pero la especulación filosófica va un poco más allá, al preguntarse no por las causas naturales o las relaciones internas entre los elementos de un sistema natural o humano, sino en los porqués que trascienden a las causas y las consecuencias de la existencia, en la conciencia.
El otro extremo de la búsqueda de respuestas es el planteamiento de las preguntas; y el que éstas sean efectivamente fundamentales. No quiero decir que lo que la ciencia se plantea como temas y tópicos de búsqueda no sean importantes, sino que pueden no ser pertinentes desde la filosofía. Quién soy, por ejemplo, en términos filosóficos no puede responderse simplemente con un nombre como podría hacerse en un ámbito civil o social, o con una descripción biológica, psicológica o incluso genética, si lo hacemos desde la ciencia, sino que el planteamiento es más profundo aún. De lo que se trata es de responder quién es el ser, para saber quién soy yo. Quién es cada uno de nosotros. A un nivel no descriptivo o explicativo sino trascendental, que nos proporcione un sentido de y para las cosas que hacemos, para los pensamientos que elaboramos y hasta para los sueños o futuros ideales que nos planteamos como posibilidad. Quién soy, entonces es una pregunta fundamental.
Existe entre filósofos y pensadores un consenso básico sobre cuáles son algunas de esas preguntas: quiénes somos, de dónde venimos, hacia donde vamos, y cuáles son las reflexiones esenciales sobre cómo hemos de vivir juntos, qué deberá ser aceptable y qué no, qué entendemos como bello y qué como feo y tal vez en qué consiste lo que sigue, en caso de que exista, a la muerte.
La filosofía indaga en lo que la ciencia no busca: la trascendencia de nuestra existencia en el mundo y el valor de nuestras relaciones entre personas y con la naturaleza para proponer y perseguir una mejor manera de ser, al hacer y al pensar.
En términos éticos, por ejemplo, actuar de un modo específico no responde a un cuestionamiento científico, sino a una posición personal o social sobre lo que es valioso. Esta valoración no puede ser realizada por la ciencia, sino que debe reflexionarse sobre ella mediante un instrumental racional regido por la filosofía. Desde luego que podríamos acercarnos a respuestas sobre éste o aquél modo de actuar desde la visión de la psicología, por ejemplo, que se cuenta entre los esfuerzos de muchos en aras de la cientificidad, pero con la psicología no podremos decir si algo es bueno o malo para una sociedad determinada en un momento histórico específico. Sólo a través de la filosofía podremos hacerlo.
Los cuestionamientos esenciales tienen que ver con nuestro presente y con el futuro que podemos enfrentar o colaborar a construir, con el pasado como lo vemos y en la manera en que nos impacta hoy; sobre quién es el otro y cómo nos definimos a partir de ese otro; y con la naturaleza, desde el más pequeño de sus elementos hasta el más grande, desde el más antiguo hasta los que nos son contemporáneos.
Pero la manera de plantearse estas preguntas no es simple. Requiere que hayamos buscado lo que otros han contestado, el análisis de sus circunstancias y momento histórico y el cómo se integran a la totalidad del discurso filosófico, si hay o no contradicciones y cómo es que esas respuestas han sido usadas para la creación de mejores sociedades.
Por esto, es que tanto el planteamiento de las preguntas como la búsqueda de las respuestas se pregunta también sobre sí mismo, sobre la posibilidad de la objetividad y la madurez en el reconocimiento de los errores. La criticidad, el acto por el que cuestionamos todo, incluidas y en primer lugar nuestras propias afirmaciones es entonces requisito indispensable para hacer filosofía, pero no es el único. También son necesarios al menos otros dos: la creatividad, dado que a veces las respuestas no están dadas o las que existen han caducado, por cualquier motivo y la humildad, para acercarnos a nuestro propio pensamiento sin el afán de demostrar superioridad alguna sobre los demás, sino simplemente con el de descubrir una verdad que sea útil a los demás y a uno mismo, no solamente en el sentido del usufructo, sino del disfrute del conocimiento y la vida misma. En resumen, que la racionalidad que nos exige la filosofía no sea una que sea cansina o demagógica, demasiado técnica o alejada de lo cotidiano, sino que sea un elemento para ayudarnos a comprendernos y comprender, y a ser felices, cualquiera que sea nuestra definición de felicidad.
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Todos los derechos reservados. Por favor, si quieren usar esto o una parte, infórmenme de ello y hagan la cita correspondiente como sigue:
TORILLO, Blas.
Introducción a la filosofía.
Capítulo 1.
En:
http://pens-ando.blogspot.com/
2009.
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domingo 19 de octubre de 2008
Conceptos.
Cada concepto remite a otros conceptos, no sólo en su historia, sino en su devenir o en sus conexiones actuales.
Cada concepto tiene unos componentes que pueden a su vez ser tomados como conceptos (así, el Otro incluye un rostro entre sus componentes, pero el Rostro en sí mismo será considerado un concepto que posee en sí mismo unos componentes).
Así pues, los conceptos se extienden hasta el infinito y, como están creados, nunca se crean a partir de la nada.
Lo propio del concepto consiste en volver los componentes inseparables dentro de él; distintos, heterogéneos y no obstante no separables, tal es el estatuto de los componentes, o lo que define la consistencia del concepto, su endoconsistencia.
Gilles Deleuze
Félix Guattari.
¿Qué es la filosofía?
Anagrama.
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martes 12 de agosto de 2008
Inmortalidad.
Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal.
He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o castigarlo
Jorge Luis Borges (1899-1986).
Escritor, ensayista, cuentista y poeta argentino.
Extracto de "El inmortal".
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sábado 21 de junio de 2008
Saber.
Hoy me preguntaron por enésima vez en mi vida qué es la epistemología.
Como muchas otras veces contesté que es una parte o rama de la filosofía que estudia qué es el conocimiento y cómo es que conocemos y todas esas cosas...
Pero me hubiera encantado poder contestar lo que siempre he creído:
La epistemología es el pretexto que inventaron los filósofos, para responderse por qué es tan profundamente emocionante saber.
Blas Torillo.
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domingo 18 de mayo de 2008
De la amistad.
La amistad es un término medio entre la adulación o lisonja y el odio o aversión. Su campo son las acciones y las palabras. Es adulador el que atribuye a otro más cosas de las justas y de las que en realidad hay en él. Mientras que el que odia es el enemigo cercano, que echa por tierra hasta los méritos reales del otro. Ni uno no otro de ellos puede, en justicia, ser alabado.
Pero en medio de los dos está el verdadero amigo.
Éste no atribuye al hombre de quien es amigo ni más de lo debido ni elogia lo que no merece alabanza. Y, por otra parte, tampoco disminuye sus valores, ni se coloca en oposición a él menos de lo que cree justo.
Éste es, pues, el amigo genuino.
Aristóteles (384-322 aC).
Filósofo griego.
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sábado 15 de marzo de 2008
Del sufrimiento.
Todos los aspectos de la vida son igualmente significativos, de modo que el sufrimiento tiene que serlo también. El sufrimiento es un aspecto de la vida que no puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino y la muerte. Sin todos ellos, la vida no es completa.
Viktor Emil Frankl (1905-1997)
Neurólogo y psiquiatra austríaco.
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martes 22 de enero de 2008
Libertad.
La libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabos: Sí o No.
En su brevedad instantánea, como a la luz del relámpago, se dibuja el signo contradictorio de la naturaleza humana.
Octavio Paz.
Poeta y ensayista mexicano. 1914-1998.
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viernes 21 de diciembre de 2007
Las preguntas de la filosofía: ¿Individuo o Sociedad? (Reflexiones en la Navidad).
Esta es una de las preguntas que vienen a mi mente cada que se acercan las fiestas de diciembre.
Y es que la vieja discusión sobre las posturas sociales, izquierda o derecha, liberales o conservadores, propiedad privada o colectiva, libertad o seguridad, se basa en lo que nos es más importante: ¿El individuo o la sociedad?
Muchos blogueros se decantan sin saberlo, apenas sin darse cuenta, por el individuo. Desde las cosas que contamos, decimos, escribimos, compartimos, hasta las críticas y comentarios que hacemos, nos parece a muchos que lo más importante es la persona individual.
Por el otro lado, también hay muchos blogueros que privilegian la perspectiva social y nos invitan a pensar en que para que podamos construir un mejor mundo no nos queda más que pensar sobre todo en el conjunto, en la totalidad.
Es pregunta añeja digo, porque prácticamente desde que tenemos uso de razón, como sociedad y como individuos, está allí, presente y le respondemos todos los días, a cada instante, ahora que escribo esto o ahora que lo lees.
La preeminencia del individuo es desde luego un argumento fuerte (tanto como el otro), y para algunos las ventajas de que esta idea fuese la que mandara en nuestras vidas son evidentes. Hay muchas situaciones en que el individuo debe estar por encima de todos, desde el asunto de los rehenes de las FARC en Colombia, donde se busca el beneficio de la libertad robada a unos cuantos, a cambio del sacrificio de las ideas de un grupo mucho mayor, o en México, con las elecciones del año pasado, donde lo que no queda claro es de qué tamaño son las minorías que se crearon entonces, su fuerza y las virtudes de los liderazgos individuales en cada lado. Desde el asunto ese de lo que poseemos auténticamente y no sólo legalmente, y que no nos es quitable más que por la salvedad de que no lo hayamos obtenido lícitamente, hasta la creencia de que somos capaces de poseer incluso al otro, con lo que aparece la creencia de que somos distintos, cuyo resultado inevitable es que unos serán mejores que otros, aunque seamos iguales, haciendo una loa a H. G. Wells y el Napoleón de su Rebelión en la Granja.
El individuo que canta, lee, siente. El individuo que se enamora y cuyo mundo queda entonces cercado por la inmediatez de su sentimiento. El individuo que crea a solas, que se enfrasca (eso, se mete en un frasco), en una disquisición personal que le lleva a descubrir, a rehacer, a inventar y reinventarse. El individuo que piensa sobre cualquier cosa, profana o sagrada, prosaica o profunda, real o posible, pero cuyo pensamiento lo encierra y le es indispensable hacerlo para comprender o intentar comprender.
El individuo que para ser, no necesita al otro.
Pero la preeminencia de lo social es también un argumento sólido y válido. Es en sociedad y por el conocimiento acumulado que tenemos las cosas que tenemos, para nuestro disfrute, uso o beneficio. Sin la sociedad no habríamos llegado a esta realidad, para bien y para mal, y aunque a veces las cosas peores nos parecen su producto, también podemos pensar en que mucho de la violencia es cometida, auspiciada o provocada por individuos y que es la sociedad la única con el poder real de detenerlos.
La sociedad en la que vivimos, esta que nos da la oportunidad de decir, de proponer, de discutir y de mejorar. Las circunstancias en que estas cosas ocurren no son siempre las mejores para el individuo, pero el beneficio de los más es, en esta visión, mucho más deseable que el del sujeto.
La sociedad que iguala y equipara, la sociedad que crea las oportunidades, la sociedad que protege y alimenta. Igual que en el caso de lo individual, también podemos hablar de la sociedad opuesta.
La sociedad de individuos anónimos que es, a pesar de ellos.
Lo que más comúnmente ocurre es que en nuestras reflexiones, ponemos como preferencia a quien nos conviene en ese momento. Si son "nuestras" cosas las que están en juego, decimos que lo importante es el individuo. Si son las cosas del otro, entonces lo que importa es la sociedad.
Si es la vida propia, lo primero y si es la vida del enemigo, entonces lo segundo. Si es nuestra opinión, nuestra certeza, nuestra creencia, nuestra visión, entonces el individuo. Si no, lo contrario.
Y la conveniencia podría convertirse en un metadato que analizar, para abonar en la preferencia coyuntural. Si me conviene, entonces el individuo, si no, entonces la sociedad.
Así, la pregunta inicial podría quedar en ¿qué es más importante: los más o yo?
Y no hay respuesta plausible. El héroe que sacrifica su vida por los demás, independientemente de que viva o muera, la madre que deja de comer por dar de comer a sus hijos o el padre que trabaja más para mantener a su familia, a costa de no verla, el compañero que hace o corrige el trabajo del otro, en la escuela o en el trabajo, sin más recompensa que haberlo hecho, porque el otro ni cuenta se ha dado. Estos ejemplos evidencian la lucha constante, permanente entre el yo y el otro.
La sociedad que protege a sus desvalidos, a sus ancianos, a sus niños o la sociedad que los olvida, son muestras de la misma dialéctica.
Para no ser menos, yo tampoco tengo la respuesta. Mi única propuesta es la que he hecho desde hace algunos años: vivamos en comunidad.
La comunidad primordial es la familia. Aquella de donde venimos y ésta en la que vivimos. Porque el futuro es eso nomás y lo desconocemos.
La familia y luego los amigos, esa extensión de la familia por elección.
Ahí estamos todos: la sociedad y el individuo. Ahí no hay alguien más importante: tanto el individuo como la comunidad son igualmente importantes y aunque cada uno deberá tener su tiempo y su espacio, éstos no son concebibles más que por oposición al tiempo y espacio de la comunidad. O viceversa.
¿Individuo o Sociedad?
Yo digo: Comunidad.
¡Feliz Navidad en comunidad!
Blas Torillo.
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domingo 4 de noviembre de 2007
Tabasco inundado. Muerte y Vida.
Página para buscar gente en los albergues de Tabasco y Veracruz, por nombre y municipio.
Omnes eodem cogimur, omnium
Versatur urna, serius, ocius,
Sors exitura, et nos in aeternum
Exilium impositura cymbae.
Todos estamos forzados a llegar al mismo término
Agítase en la urna la suerte de todos, y saliendo antes o después
Llévanos en la barca fatal
Al eterno destierro.
Horacio (Quinto Horacio Flaco).
65 - 8 adC.
Odas II, 3, 25
Omnes eodem cogimur, omnium
Versatur urna, serius, ocius,
Sors exitura, et nos in aeternum
Exilium impositura cymbae.
Todos estamos forzados a llegar al mismo término
Agítase en la urna la suerte de todos, y saliendo antes o después
Llévanos en la barca fatal
Al eterno destierro.
Horacio (Quinto Horacio Flaco).
65 - 8 adC.
Odas II, 3, 25
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domingo 7 de octubre de 2007
Vida y Pensamiento.
El Pensamiento debe inspirarse en materiales proporcionados por la Vida (si no, es un pensamiento muerto) y la Vida debe sustentarse en ideas proporcionadas por el Pensamiento (si no, es una vida vacía).
Jean-Denis Ménard.
Cómo organizar el tiempo.
Ed. Larousse. 2004.
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martes 18 de septiembre de 2007
500 entrad A s.
Desde hace mucho tiempo disfruto la filosofía. Una de las ventajas de no ser un profesional es que nadie me dice qué debo leer, sino que le entro a todo y así he podido conocer, disfrutar, congeniar o de plano rechazar posturas y filósofos que me enseñan más de lo que ellos mismos pudieron suponer.
Pensar es parte de lo que hacemos todos, todos los días, pero pensar con más cuidado, con un poco más de atención, con más profundidad o simplemente con más ganas, es de lo más entretenido que he encontrado.
A los chavos les puede parecer que no es eso posible, pero incluso mi hija, en sus 15, filosofa, aunque todavía no se de cuenta. Por eso este blog.
Ahora vayan a todas las habitaciones de la casa. Hay de todo para comer y beber.
Blas Torillo.
PS. Pens-ando = 17 entradas.
viernes 7 de septiembre de 2007
Propiedad común.
Sin embargo, los conceptos centrales de la filosofía en los que se revelan los aspectos esenciales de la realidad tienen un extraño destino. No son nunca monopolio intelectual de la filosofía que por primera vez se sirvió de ellos y los fundamentó, sino que, gradualmente, pasan a ser propiedad común.
La difusión o aceptación de los conceptos, o el proceso mediante el cual un concepto adquiere notoriedad universal entraña, al mismo tiempo su metamorfosis.
Karel Kosik, en Dialéctica de lo concreto. Ed. Grijalbo, Col. Enlace.
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domingo 12 de agosto de 2007
Nosotros.
La foto de Nosotros
Nos la tomó un amigo, pero es mía.
En cada uno de mis blogs hay un comentario
distinto sobre el accidente, al final de la entrada
Ayer sábado 11 de agosto a las 13:30 horas, un estúpido irresponsable atropelló con su auto a Oli, mi esposa. Ella está toda golpeada y con muchos raspones, le duelen muchas partes del cuerpo, pero en lo que cabe, está bien, aunque deberán hacerle más estudios todavía.
A mí, este joven criminal de 23 años, me produjo algunos golpes y raspones menores, pero la peor librada fue una joven de unos 14 años, aproximadamente la edad de mi hija, a quien proyectó a unos 15 metros de distancia y que en un principio pensamos que iba a morir. No fue así, pero sigue grave.
El sujeto iba “conduciendo” su auto compacto a 120 kilómetros por hora, en una avenida urbana, en tercer grado de alcoholismo (de tres grados en total), y cuando salimos del ministerio público, a las 20:30, todavía seguía bajo los efectos de su tremenda borrachera.
Su madre me pidió perdón muchas veces durante toda la tarde y hubo alguien que me dijo que el sujeto era un hijo de la chingada. No. El irresponsable en el accidente, al conducir en ese estado, es sin embargo responsable completo y absoluto de la concreción del accidente. No. Su madre no tuvo nada que ver.
Si al final de cuentas el sujeto sale libre, bajo fianza o como inocente, comprobaré una vez más que las leyes no se cumplen más que para unos cuantos. Si al final queda en la cárcel el tiempo que determine un juez, tampoco quedaré conforme.
Ayer en la noche, entre que no podía dormir y las necesidades que fue teniendo Oli, pensé mucho en si debería escribir esto o no.
Lo hago, porque de nada sirve que yo siga diciendo para mí que el alcohol mata (no sólo a quien lo bebe, sino a quienes pueden cruzarse en su camino), sino para decirlo a todos.
Ayer, nuevamente, como les cuento en la penúltima entrada de Record-ando, tuve que pensar en todas las cosas que se piensan cuando la muerte nos hace saber que está ahí, esperando nomás.
Ayer, decidí que no pararé de decir a los cuatro vientos dos cosas: Amo a mis Olis y El alcohol mata.
¿Qué tan profundo es nuestro arraigo a la vida?, ¿qué valor le damos, a la propia, a la cercana y a la extraña?, ¿por qué tememos la muerte?, ¿es simplemente la inevitabilidad e irreversibilidad o es el miedo al dolor de la soledad o la desesperanza de la ausencia?
¿La muerte es entonces no sólo la gran igualadora, sino la gran separadora?
Nos queda mejor vivir profundamente nuestros afectos, nuestras pasiones, nuestros afanes, porque después, sólo está la esperanza.
Blas Torillo.
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viernes 10 de agosto de 2007
Las preguntas de la filosofía: ¿Qué es lo justo?
Estuve pensando en qué sería mejor: preguntar por la justicia o por lo justo. Aunque parece que no habría gran diferencia, me decanté por lo segundo. Espero que pueda explicar por qué, más adelante.
Una definición clásica es aquella de que lo justo es que cada quien reciba lo que merezca. Esto, sin parecer que quiero rizar el rizo, me parece al menos incompleto. Empezando por este matiz temporal del verbo recibir.
No se recibe sin antes haber pedido o merecido. No se recibe pues al menos justamente. Quiero decir que en ocasiones, algunos reciben sin pedir o sin merecer y nos parece injusto. Pero no me adelantaré más.
Recibir o merecer. Esta cuestión empieza a tener sentido cuando entendemos que la justicia tiene que ver con bienes que se distribuyen entre nosotros. La justa, decimos, distribución de la riqueza; la justa repartición de los bienes heredados, la justa compensación por los sentimientos que te tengo, y así.
Sin embargo, hay que entender algo. Lo que se distribuya, cualquiera que sea su naturaleza tratándose de bienes (o beneficios) materiales o no materiales, implica la finitud de éstos. Y la infinitud de lo deseado. Dicen que Diógenes se sentaba frente al mercado en Atenas y se sonreía viendo todo lo que no necesitaba para vivir. Pero nosotros no somos Diógenes. Y lo que necesitamos es lo que debería distribuirse. Y lo necesitamos porque no lo tenemos y pensamos que lo merecemos.
Aunque en realidad estamos aquí ante una de las más exquisitas trampas de la política. La ley dice qué es lo que se debe distribuir. La ley indica quién merece qué, aunque no quede nunca muy claro por qué. Y la ley la hacemos los seres humanos, pero no todos, sino aquellos que detentan el poder en un momento dado en una sociedad dada. Es decir, la justicia es un discurso manipulado, independientemente de si esa manipulación es bien o mal intencionada.
Así, la pregunta inicial no es qué es lo que debe distribuirse, sino quién dice qué es lo que debe distribuirse.
Esta pregunta tiene que ver desde luego con los bienes materiales, que para el caso de lo social, es algo que se estudia desde la economía, y con los bienes no materiales, trátese de los sentimientos, de los bienes espirituales o de los relacionales, lo que podría analizarse desde la psicología o las teorías de la comunicación.
Somos las personas las que producimos esos bienes, todos. Sin entrar en la discusión teológica, incluso los bienes del espíritu, entendido como lo hace mayormente la filosofía contemporánea, refiriéndose a la conciencia. Pero sólo unos cuantos administran esos bienes, e intentan cada vez con más éxito también administrar los bienes intangibles, que han sido producto hasta estos tiempos de cada sujeto, dispuestos por él y recibidos por él. Y unos cuantos son los que producen el discurso correspondiente, pretendiendo que todos lo hacemos.
La justicia entonces, entendida así, no es universal ni imparcial. La justicia es un ejercicio del poder, que nos hace creer que todos merecemos al menos una parte de los bienes, parte que nos permitiría vivir bien, cualquier cosa que eso signifique en un momento dado. Por esto, la justicia en su aplicación concreta es tan dispar a lo largo de la historia, en las distintas sociedades.
La dignidad humana existe y es no sólo equivalente entre unos y otros, sino igual, no me mal entiendan, pero la justicia que se encarna, que deja de ser abstracta, crea las diferencias. La famosa frase (mal citada cada vez más) del cerdo líder, en la novela Rebelión en la granja, de H. G. Wells: En esta granja todos somos iguales, pero unos somos más iguales que otros, explica con claridad lo que quiero decir.
Pero creemos que la justicia es posible. Algunos creen que quizá el corazón del poderoso se ablande o se conmisere de sus contemporáneos y procurará la igualdad en el acceso a los bienes. Otros creen que la distribución equitativa, donde cada quien recibe lo que merezca, deberá alcanzarse mediante el arrebato del poder, porque el rebelde será capaz de sobreponerse a la condición de poderoso una vez llegada la oportunidad y, sin olvidar su origen, logrará la distribución justa. Unos más creen en el poder omnipotente de la divinidad para lograrlo, negándole al ser humano la capacidad de hacerlo y, finalmente, unos más creen que toda esperanza es vana. Que la justicia es sólo un ideal, una búsqueda condenada al fracaso.
Quizá, con Kant, deberíamos decir que lo más que podemos hacer es asegurarle a cada quien la posesión y disfrute de lo suyo, contra todo lo que se oponga a esto. Y que este sería el espíritu más sano de la ley. Pero tampoco es tan fácil. ¿Qué es lo mío y qué es lo tuyo?, ¿qué, que no hayas producido por ti mismo, es realmente tuyo?, ¿qué te pertenece por razón natural y que por razón social?, ¿y de eso que tienes, quién dice que lo mereces?
Las muchas preguntas que nos plantea la primera, que es lo justo, nos deja realmente en otra encrucijada. Preguntar por la justicia en abstracto es hacer teoría. Preguntar por lo justo, creo, es hacer política. Y luego decimos que no somos políticos o que no nos gusta la política.
No hay mayor ejercicio político que buscar obtener lo que creemos merecer. La libertad, la verdad, la equitativa distribución de los bienes, la posibilidad de una vida digna (según la definición de cada uno), el amor, una casa, un crédito, un juicio donde se presuma mi inocencia antes que mi culpabilidad, un acuerdo benigno para los acordantes. En fin. Hacemos política cada que decimos que algo es nuestro o cada que afirmamos merecer algo que no tenemos.
Y la política es eso que denostamos tanto en los demás. Eso que no nos gusta, porque pensamos que los políticos sólo piensan en ellos y sus intereses. Cada uno, aún en el exceso de la filantropía, está pensando en sus intereses, aunque éstos sean, por ejemplo, el beneficio del otro. Este también es un interés personal.
Para no variar, que es lo justo es una pregunta que solamente genera más preguntas. Pero me gusta filosofar. Que lo voy a hacer.
Blas Torillo.
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jueves 12 de julio de 2007
Siempre es alabado más el hacer bien que mal.
«… y se puso (Sancho) a juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció fue una pregunta que un forastero le hizo (…), que fue:
- Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío (y esté vuesa merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso), digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo della una horca y una como casa de audiencia, en la cual, de ordinario, había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la puente y del señorío, que era de esta forma: “Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar, y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna”.
Sabida esta ley y la rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad, y los jueces los dejaban pasar libremente. Sucedió, pues que tomando juramento a un hombre, juró y dijo que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí estaba, y no otra cosa.
Repararon los jueces en el juramento y dijeron: “Si a este hombre lo dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y conforme a la ley debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella horca, y habiendo jurado verdad, por la misma ley, debe ser libre”. Pídese a vuesa merced, señor gobernador, qué harán los jueces de tal hombre; que aun hasta agora están dudosos y suspensos.
Y habiendo tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuesa merced, me enviaron a mí a que suplicase a vuesa merced de su parte, diese su parecer en tan intrincado y dudoso caso
(…) Venid acá, señor buen hombre -respondió Sancho-: este pasajero que decís, o yo soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar la puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente; y siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a esos señores que a mí os enviaron, que pues están en un fil las razones de condenarle o asolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que mal; y esto lo diera firmado de mi nombre si supiera firmar; y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos, que me dio mi amo don Quijote la noche antes que viniese a ser gobernador desta ínsula: que fue, que cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este caso como de molde»
Miguel de Cervantes Saavedra (1547 - 1616),
en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, cap LI.
Apostilla. Sancho da una solución moral a un problema lógico. La paradoja en sí, no tiene solución lógica.
viernes 15 de junio de 2007
Yo y Tú.
Para el hombre el mundo tiene dos aspectos, en conformidad con su propia doble actitud ante él.
La actitud del hombre es doble con conformidad con la dualidad de las palabras fundamentales que pronuncia.
Las palabras fundamentales del lenguaje no son vocablos aislados, sino pares de vocablos.
Una de estas palabras primordiales es el par de vocablos Yo-Tú.
La otra palabra primordial es el par Yo-Ello, en el que Él o Ella pueden remplazar a Ello.
De ahí también que el Yo del hombre sea doble. Pues el Yo de la palabara primordial Yo-Tú es distinto del Yo de la palabra primordial Yo-Ello.
Las palabras primordiales no significan cosas, sino que indican relaciones.
Las palabras primordiales no expresan algo que pudiera existir independiemente de ellas, sino que, una vez dichas, dan lugar a la existencia.
Esas palabras primordiales son pronunciadas desde el Ser.
Cuando se dice Tú, se dice al mismo tiempo el Yo del par verbal Yo-Tú.
Cuando se dice Ello, se dice al mismo tiempo el Yo del par verbal Yo-Ello.
Martin Buber.
Filósofo austríaco, judío. (1878-1965).
Extracto del libro Yo y tú. Ed. Nueva visión.
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sábado 19 de mayo de 2007
Yo soy uno que ayuda.
Yo soy uno que ayuda; me da gusto dar, como amigo a mis amigos.
En cuanto a los extraños y los pobres, ¡que por sí solos desprendan el fruto de mis ramas, que así sentirán menos vergüenza!
Así hablaba Zaratustra.
Friedrich Nietzsche (1844-1900).
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miércoles 25 de abril de 2007
Las preguntas de la filosofía: ¿Qué es el bien?
Este es un tema por demás espinoso. Con los debates sociales de nuestros días, las cosas se han puesto realmente difíciles para la filosofía y su asignatura específica sobre el tema: la ética.
En principio, “ethos” quiere decir (en una traducción libérrima), costumbre del grupo o, si quieren, más técnicamente, la naturaleza moral y las creencias de una persona, un grupo o una sociedad.
Así que la ética no se refiere en principio a lo que la historia de la filosofía creó (¿inventó?), como “valores universales”, sino a las "costumbres locales y temporales".
La ética en este sentido más cercano a lo etimológico, es entonces más parecida a lo que algunos filósofos contemporáneos (y otros no tanto), identifican con la moral.
He aquí mi distinción: la ética se refiere al concepto en sí de los valores y la moral a la interpretación histórico-social que se haga de ellos. Quiero decir. La ética se encargaría de las definiciones y la moral de las interpretaciones, la abstracción en el primer caso, y la puesta en cotidianidad en el segundo.
Si mi afirmación es correcta, diré que la ética, a diferencia de la moral, es más materia de las reflexiones de los eruditos, de modo que éstos plantean comportamientos generales que deberían ser aplicados por todas las sociedades, en cualquier tiempo y lugar, bajo cualquier régimen y condición.
Así, algunos se han quedado con los siguientes conceptos como algo que todos deberíamos, han debido y deberán buscar: La vida, la verdad, la justicia, la libertad, la belleza, la felicidad y la bondad.
Siete ideas fuerza que, según algunos, conforman lo que llamaríamos cuerpo axiológico ideal. Los valores universales.
El problema al plantear la pregunta sobre qué es el bien, podría entonces resolverse “fácilmente” si nos concretamos a decir que cualquier conjunto de acciones que nos dirijan hacia ese cuerpo axiológico ideal, sería algo bueno. Es decir, un comportamiento que nos lleva hacia el bien.
Sin embargo, cuando “bajamos” estas abstracciones a las realidades cotidianas, cuando hacemos una interpretación moral y no sólo ética, enfrentamos algunas de las más serias dificultades de la convivencia: ¿qué es el bien según quién?, ¿en qué consiste un comportamiento "ético"?
El caso reciente de la despenalización del aborto en la Ciudad de México en estos días, es un ejemplo paradigmático de lo que digo.
El bien, para que sea verdadero, debe propiciar el arribo a (o si quieren el alcance de), sino todos, al menos uno o algunos de los conceptos que dije arriba. Permitirnos vivir al menos uno o unos pocos de los valores "universales".
Pero ¿es que el bien es universal?. ¿Qué no acaso, lo que es bueno para alguno, “debe” ser malo para otro? ¿O es posible lo que se afirma en otro ámbito del conocimiento (la teoría de juegos): que lo que es bueno para mí, pueda ser bueno para ti y para todos? (1)
Esta última afirmación y su posibilidad es el principio de todas las doctrinas, incluso las religiosas: Si yo digo que algo es bueno para mí y para ti, será potencialmente bueno para todas las personas.
Pero las doctrinas son eso nomás. Pretenden tener validez general, habiendo sido producidas por alguien concreto, con todas las limitaciones cognoscitivas, éticas, lógicas y ontológicas de cualquiera. Y esas limitaciones, por definición, serán las que le impidan la universalidad (este mismo texto, la misma última afirmación que acabo de hacer, adolece de esta condición). (2)
Así que el problema base es la universalidad del bien. ¿Qué podría ser bueno para todos? ¿qué es el bien, en términos generales? ¿cómo se aprecia el bien en la vida cotidiana?
Creo que todos tenemos experiencias acerca del bien y del mal, pero no estoy tan seguro de al menos dos cosas: que todos hayamos entendido lo mismo por "bien" y "mal", ante los mismos hechos y segundo que eso que consideramos bueno o malo, lo pueda ser para todos, en cualquier lugar y momento.
Las afirmaciones universales son solamente ideas que podrían guiar en algún sentido nuestra búsqueda, pero de ningún modo podemos afirmar que puedan guiar a todos en cualquier circunstancia, incluidos nosotros mismos.
Para no complicar más el asunto con análisis sobre la vida social, pongo el siguiente ejemplo individual: Yo pienso que es malo matar a un ser humano (no hablo del aborto, sino de cualquier persona ya nacida, para no meternos en problemas mayores). Y lo he pensado desde hace mucho tiempo.
No tengo certeza de dónde me llegó o cómo construí esta convicción, pero ahí está. Supongo que tiene que ver con lo que me dijeron mis padres, mis maestros, mis amigos, los adultos todos (los “buenos” y los “malos”), que participaron en mi formación, las películas que vi, los libros que leí, los programas de la tele que vi…
En fin, surge de la moral local en la que crecí (la interpretación que de los valores "universales", hicieron los que formaban y forman parte de mi entorno social, nuestro ethos). Lo que sí sé es que ahí está: Matar a una persona es malo.
Y sobre esta afirmación me gustaría que todos estuviéramos de acuerdo en el mundo, de ahora en adelante y para siempre. Me gustaría, quiero, deseo, me conviene que todos piensen, hayan pensado y lo hagan en todo futuro y lugar, que matar es malo. Pero no sé si este pensamiento será capaz de sostenerse siempre y en toda condición.
Para no irme muy lejos y hacer digresiones históricas, sociales o económicas o elucubraciones sobre el futuro previsible, me quedo con una duda: ¿qué haría yo en caso de que alguien estuviera atacando a mi madre, a mi esposa o a mi hija, con riesgo de perder sus vidas? ¿y si tuviera en ese momento un arma en mis manos? ¿qué haría si en un caso así, estuviera en riesgo mi propia vida?
En realidad no quiero vivir una situación como la planteada, pero analizando posibilidades, no sé qué estaría dispuesto a hacer, porque si matar es malo, morir es "más malo".
Cambiando de ejemplo, beber con sed, dormir con sueño, comer con hambre, y las demás necesidades fisiológicas, cuando son satisfechas debieran ser buenas per se. Sin embargo, a veces, por las condiciones que sean, ordinarias o extraordinarias, no nos hace bien seguir estos mandatos de nuestra naturaleza. No siempre es lo mejor dormir, aunque nos estemos cayendo de sueño; no siempre es lo mejor beber, aunque llevemos mucho tiempo sin hacerlo, lo mismo que comer, y así sucesivamente.
Si subo el ejemplo de nivel, ¿quién podría decir que amar es malo? ¿quién no estaría de acuerdo en que el amor de una madre por sus hijos, por ejemplo, es el más fuerte y el mejor? Pero ¿y si esa madre tiene que decidir entre la vida de uno u otro de sus hijos, al incendiarse el edificio en el que están o al hundirse el barco en el que viajan? ¿quién pondría en tela de juicio una decisión como esa?
En otro ejemplo, ¿qué debe hacer el preso en el campo de concentración, cuando sus captores están seleccionando a quienes deberán morir esa tarde, preguntándose él mismo quién debe morir, a quién quiere que elijan si a su lado están su mejor amigo y su padre? ¿Sacrificaría a su padre, a su mejor amigo o a su misma persona? (3)
Quedaría, dirían algunos, en cada uno de los ejemplos que escribí, el asunto del "cargo de conciencia". Pero éste no es más que el resultado de la evaluación personal de las acciones realizadas y su correspondiente carga de culpa (misma que incluso puede ser inexistente).
De ningún modo el "cargo de conciencia" es igual para todas las personas. Un musulmán que mata porque con eso gana el cielo y la inevitabilidad de estar en presencia de Alá, no tiene el cargo de conciencia que tiene el cristiano actual al matar (para no hablar de los Cruzados o de la Inquisición); y ninguno de los dos tiene el mismo cargo de conciencia del sacerdote indú, sobre matar a una hormiga o a un mosquito. Y ninguno de los tres casos, puede compararse con el inexistente cargo de conciencia de un sacerdote azteca o moche, en el México o en el Perú antiguos, o con el del médico que está a favor, desde el fondo de sus convicciones, con la eutanasia.
Una madre pobre que deja a su hijo en una canasta frente a una casa de asistencia, no tiene el mismo cargo de conciencia que una madre rica que decide ponerlo en adopción, mediante los oficios de una empresa establecida para el efecto.
Del mismo modo que un pobre no sufre igual la muerte de su hermano, que un rico la muerte del suyo.
¿Qué es el bien, diría alguno, sino el logro de la felicidad? Pero desde Sócrates o los espartanos (cinematográficamente de moda), pasando por Epicuro, Agustín de Hipona o Santo Tomás, hasta Nietzsche, Sartre o Lonergan, ninguno ha dado LA respuesta de qué es la felicidad. La felicidad tuya, puede consistir en mi infelicidad. Y si no, que lo digan los enamorados que han sido hechos a un lado por el que creyeron "el amor de su vida".
El sacrificio de la vida en defensa de otro, que según unos es el altruismo llevado a extremos de felicidad, es para otros suicidio inútil y quizá hasta vanidad de "volverse héroe", antes que mutilado o cobarde o poco solidario o "inhumano". (4)
Lo mismo pasa con los otros valores “universales”. No hay una definición universal para lo que es la vida, para empezar. No sólo respecto de legisladores en todo el mundo, sino para médicos, pensadores, técnicos, y cualquier otra profesión que se plantee ese problema. No hay acuerdo.
¿La verdad (ver la entrada Las preguntas de la filosofía: ¿Qué sé?), la justicia, la libertad, la bondad, la belleza? Lo mismo. No hay acuerdo.
Así que, para no variar, lo único que nos queda es seguir buscando no sólo las respuestas, sino quizá sobre todo, las preguntas apropiadas.
Blas Torillo.
_____
(1) El cada vez más famoso "ganar-ganar", de la economía y la administración.
(2) Por cierto, adolecer no quiere decir carecer, sino, precisamente lo contrario: tener un padecimiento, una dolencia. Si quieren, para mejor entenderlo, se podría decir que carezco de salud o perfección, cuando adolezco de enfermedad o defecto.
(3) El ejemplo está adaptado de la experiencia de Víctor Frankl, narrada en su libro “El hombre en busca de sentido”, Ed. Herder.
(4) Nadie, ninguna persona, puede ser inhumana, por definición. Los que dicen por cualquier motivo, que alguien es inhumano, porque es "malo", están solamente descalificando la acción que no corresponde con su marco axiológico personal. Y la calificación de inhumanidad es solamente un exabrupto regido quizá por la ira y la influencia externa.
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sábado 21 de abril de 2007
Porque...
El cuadro es La muerte de Socrates, 1787
de Jacques-Louis David (French, 1748–1825)
Y la foto es de Maulleigh.
... lo que sé, es que sé y que no sé.
Y eso es más de lo que Sócrates logró alguna vez.
Blas Torillo.
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viernes 30 de marzo de 2007
No nos gustan los finales.
No nos gustan los finales.
Quizá ni siquiera el final de los malos momentos
Porque nos consume la nostalgia
Hay una conciencia que se completa mientras se marchita
Y la vida nos rodea y nos quiere aquí
Mas sabemos que también se va
Terminar es siempre como una pequeña muerte
Como si al hacerlo, una gota de sabiduría escurriera
Y nos dejara ver que todo está más cerca
Que si el amor o el odio existen
Es simplemente porque sabemos que al final
Quedará sólo nuestro recuerdo
Y la verdad es que tenemos miedo
Simplemente miedo
Nos morimos de miedo antes de morirnos
El miedo de morirnos es el más elemental
El más profundo, el inicial
Y no queremos ver entonces a nuestros muertos.
Estar ahí es correr el riesgo de descubrir algo
Una realidad que espanta y que subyuga
Y la respuesta de todas las preguntas
Estamos solos y eso nos agobia
Nadie puede aliviar esa conciencia
Y nadie puede entrar a consolarnos
Y estando solos, queremos aprender
Aprender a ser con el otro, contigo
Con los de siempre, con aquel, con los de ahora
Nos apresura el deseo de ser
Y creemos que ser es poseer
Y en eso perdemos el tiempo y el destino
Lo que nos queda es siempre la pregunta
¿qué sigue, qué viene, a dónde iré?
Y nos consume el miedo
Por eso lloramos cuando uno se va
Por el temor de quedarnos solos, más solos
O quizá por el temor de alcanzarlo
Lo único que nos queda entonces
Somos nosotros, lo que seamos
Nuestro proyecto y nuestra historia
Y en esa historia y proyecto están los otros
Los que nos dicen: también estoy aquí
También temo y también pregunto
Esa es la fuente de la solidaridad
De la comunidad
De la vida
Estar vivos es estar contigo, con aquel, con ellos
Estar vivos es compartir nuestros temores
Para estar un poco menos solos
Estar vivos es acompañarnos
Estar vivos es lo que nos queda
Porque todo lo demás es sólo una promesa
La única solución real, posible, palpable
Es tomar tu mano y verte la mirada
Decirte que por ti, sigo soy pienso siento vivo
Porque la muerte es sólo un misterio
Un algo, un lugar, un paso... y un misterio
Y ya nos llegará el tiempo de resolverlo
Lo único que tenemos pues somos uno al otro
Todo lo demás da vueltas alrededor
Todo lo demás no importa.
Blas Torillo.
_____
Esto lo escribí para mi amiga María, que vive en en la Ciudad de México.
Sabes que estoy contigo.
Dile a tus sobrinos que pienso en ellos.
Un beso.
Cuidate mucho.
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NB. No estoy seguro de que sea un poema, pero si de que son reflexiones. Por esto está aquí y no en el blog de poesía.
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sábado 24 de marzo de 2007
¡Lo que está bien!
¡Nunca permitas que el sentido de la moral te impida hacer lo que está bien!
Salvor Hardin
De "Fundación".
Isaac Asimov (1920-1992).
jueves 8 de marzo de 2007
Si no...
Si no es ahora, ¿cuándo?
Si no es aquí, ¿dónde?
Si no eres tú, ¿quién?
Tomado del protector de pantalla de mi amigo Memo.
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sábado 24 de febrero de 2007
Las preguntas de la filosofía: ¿Cómo pienso?
Hemos comentado sobre las dos primeras preguntas de algo que se podría llamar Cuestionario antropológico fundamental.
Pero ¿cómo sabemos que eso que comentamos tiene fuerza para ser debatido, analizado, rechazado o aceptado por otros?
En otras palabras, ¿nuestros decires son defendibles (y atacables) o son solamente opiniones que responden al genérico “cada cabeza es un mundo”? ¿Podemos decir que nuestras afirmaciones son lógicas?
Muchos hemos leído (y quizá sufrido) el famoso argumento que dice:
- Todos los hombres (y las mujeres, para estar a tono con los tiempos) son mortales.
- Sócrates (o Pedro o Jorge) es un hombre.
- Entonces Sócrates es mortal (lo mismo que Pedro y Jorge).
Fuerte ¿no? Qué tal esto;
- Todas las computadoras son Apple (je).
- Escribo esto en una computadora.
- Entonces esta computadora es Apple.
También es fuerte y si no fuera porque no es verdad lo primero (asunto demostrable empíricamente) y lo segundo requiere ciertos consensos, no habría modo de rebatir la conclusión de este argumento.
Así que nuestra manera de decir cosas fuertes depende no sólo de la solidez del argumento (en este caso, que las premisas se relacionen lógicamente unas con otras), sino también de su validez, es decir que cada premisa, excepto la conclusión en este tipo de argumento, pueda ser demostrada empíricamente. La conclusión resultante debería ser verdadera ya sin necesidad de la empiria.
Suena bien, ¿no?. Es demostrable que Sócrates (o Pedro o Jorge. Por esto actualice los términos de la premisa), es un hombre. Claro, pero esto requiere que nos pongamos de acuerdo antes respecto de lo que es ser hombre.
Es demostrable que los hombres son mortales. Desde luego, siempre que comprendamos lo mismo por estar vivo y por estar muerto.
Ya entonces no importará si la conclusión es demostrable en la práctica, sino si las premisas lo son.
Hablemos del ejemplo de las computadoras. ¿Todas las computadoras son Apple? No. Incluso en la primera acepción de la palabra Apple, podríamos decir que las que son Apple, son las manzanas, y cada una en lo particular, porque la expresión está hecha en singular. Pero sabemos que en determinados ámbitos y bajo cierta contextualización, Apple se refiere a una marca de computadoras.
Entonces no todas las computadoras son Apple.
Escribo esto en una computadora. Si hay acuerdo entre los que intentamos comunicarnos respecto de lo que es una computadora, entonces podríamos decir que, en efecto, escribo esto en una computadora. Sin embargo, por ejemplo, en el caso de los lectores de este texto que viven en España, esto en lo que lo escribo es un ordenador y no precisamente una computadora. Así que hay que cuidar los contextos y los códigos antes de afirmar algo. (Esto sin tomar en cuenta que debemos ponernos de acuerdo también en lo que quiere decir "escribir").
Y resulta que si una de las premisas es verdadera y la otra es falsa, no puede haber una conclusión verdadera. Es decir que puede ser sólida, pero no válida.
Y esto resulta en que los argumentos fuertes deben tener las dos características al menos: solidez y validez.
Una, la solidez, requiere un cierto dominio del idioma, no sólo en sus términos formales, sino también en su uso práctico.
La otra, la validez, requiere de los consensos entre lo que se quiere significar, además desde luego, de la posibilidad de la demostración empírica de lo dicho.
En otras palabras, la lógica, los argumentos fuertes en verdad son característicos de cierto tipo de comunicación. La lógica es una manera de comunicarnos.
Por esto no es tan fácil decir que mis opiniones son más que simples opiniones. Para que fuesen argumentos deberían tener, según la explicación anterior, los dos atributos que digo.
En cierto sentido, este es el primer acercamiento a la lógica formal que podemos hacer. Este tipo de pensamiento lógico no es el único ni, necesariamente, el más poderoso, pero es muy productivo. Seguimos, por ejemplo en las escuelas, desde las elementales hasta aquellas donde se enseña a argumentar, como derecho o comunicación, usando al pobre Sócrates como ejemplo de esto, después de al menos 400 años de tener la escuela que tenemos.
Así que respondiendo a la pregunta del principio, ¿cómo pienso?, habría que ver si cada que “echamos un rollo”, estamos pensando o simplemente estamos repitiendo una opinión, propia o de otros.
¿Cuántas de las cosas que decimos todos los días serán nomás una repetición de lo que otros (más o menos calificados, no importa), han dicho sobre el tema del que estemos hablando? Repetición que además, podría ser incluso más insulsa que la fuente misma de nuestro decir.
Tengo en la mente varios ámbitos: el fútbol, la sexualidad, la democracia, las relaciones humanas; otros como los impuestos, las universidades y los grados académicos, la libertad y otros como mis lentes, el iPod, los cumpleaños, los blogs o los comentarios en ellos.
¿Cómo pienso?, ¿cómo piensas?
Qué conste que nadie ha dicho que no lo hagas, sino sólo pregunté cómo lo haces.
Blas Torillo.
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miércoles 14 de febrero de 2007
Extracto: El banquete o Del amor / Platón.
Habla Sócrates.
"... había yo dicho a Diotima casi las mismas cosas que acaba de decirnos Agaton: que el Amor era un gran dios, y amor de lo bello; y ella se servía de las mismas razones que acabo de emplear yo contra Agaton, para probarme que el Amor no es ni bello ni bueno. Yo la repliqué: ¿qué piensas tú, Diotima, entonces? ¡Qué!, ¿será posible que el Amor sea feo y malo?
—Habla mejor, me respondió: ¿crees que todo lo que no es bello, es necesariamente feo?
—Mucho que lo creo.
—¿Y crees que no se puede carecer de la ciencia sin ser absolutamente ignorante? ¿No has observado que hay un término medio entre la ciencia y la ignorancia?
—¿Cuál es?
—Tener una opinión verdadera sin poder dar razón de ella; ¿no sabes que esto, ni es ser sabio, puesto que la ciencia debe fundarse en razones; ni es ser ignorante, puesto que lo que participa de la verdad no puede llamarse ignorancia? La verdadera opinión ocupa un lugar intermedio entre la ciencia y la ignorancia.
Confesé a Diotima, que decía verdad.
—No afirmes, pues, replicó ella, que todo lo que no es bello es necesariamente feo, y que todo lo que no es bueno es necesariamente malo. Y por haber reconocido que el Amor no es ni bueno ni bello, no vayas a creer que necesariamente es feo y malo, sino que ocupa un término medio entre estas cosas contrarias.
—Sin embargo, repliqué yo, todo el mundo está acorde en decir que el Amor es un gran dios.
—¿Qué entiendes tú, Sócrates, por todo el mundo? ¿Son los sabios o los ignorantes?
—Entiendo todo el mundo sin excepción.
—¿Cómo, replicó ella sonriéndose, podría pasar por un gran dios para todos aquellos que ni aun por dios le reconocen?
—¿Cuáles, la dije, pueden ser esos?
—Tú y yo, respondió ella.
—¿Cómo puedes probármelo?
—No es difícil. Respóndeme. ¿No dices que todos los dioses son bellos y dichosos? ¿O te atreverías a sostener que hay uno que no sea ni dichoso ni bello?
—¡No, por Júpiter!
—¿No llamas dichosos a aquellos que poseen cosas bellas y buenas?
—Seguramente.
—Pero estás conforme en que el Amor desea las cosas bellas y buenas, y que el deseo es una señal de privación.
—En efecto, estoy conforme en eso.
—¿Cómo entonces, repuso Diotima, es posible que el Amor sea un dios, estando privado de lo que es bello y bueno?
—Eso, a lo que parece, no puede ser en manera alguna.
—¿No ves, por consiguiente, que también tú piensas que el Amor no es un dios?
—¡Pero qué!, la respondí, ¿es que el Amor es mortal?
—De ninguna, manera.
—Pero, en fin, Diotima, dime qué es.
—Es, como dije antes, una cosa intermedia entre lo mortal y lo inmortal.
—¿Pero qué es por último?
—Un gran demonio (*), Sócrates; porque todo demonio ocupa un lugar intermedio entre los dioses y los hombres.
—¿Cuál es, le dije, la función propia de un demonio?
—La de ser intérprete y medianero entre los dioses y los hombres; llevar al cielo las súplicas y los sacrificios de estos últimos, y comunicar a los hombres las órdenes de los dioses y la remuneración de los sacrificios que les han ofrecido. Los demonios llenan el intervalo que separa el cielo de la tierra; son el lazo que une al gran todo. De ellos procede toda la esencia adivinatoria y el arte de los sacerdotes con relación a los sacrificios, a los misterios, a los encantamientos, a las profecías y a la magia. La naturaleza divina como no entra nunca en comunicación directa con el hombre, se vale de los demonios para relacionarse y conversar con los hombres, ya durante la vigilia, ya durante el sueño. El que es sabio en todas estas cosas es demoníaco; y el que es hábil en todo lo demás, en las artes y oficios, es un simple operario.
Los demonios son muchos y de muchas clases, y el Amor es uno de ellos".
Arístocles (Alias Platón).
Extracto tomado del sitio Filosofía
_____
* Para los griegos, los agatodemones (que según algunos comentaristas, a ellos se refiere Diotima), son equivalentes a los ángeles, de la tradición judeo-cristiana.
Para leer el diálogo completo, has click en el título
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sábado 3 de febrero de 2007
Las preguntas de la filosofía: ¿Qué sé?
Dado que no sé quién soy en realidad, entonces resulta oportuno preguntarse qué sé.
La parte de la filosofía que se encarga de esta pregunta y sus respuestas se llama Epistemología, del griego episteme, conocimiento, conocer, y logos, definido como ya dije en el post de abajo.
Aquí hay al menos dos problemas que se plantean de la siguiente manera: ¿qué sé?, y ¿cómo estar seguro de que sé eso que digo que sé?
El bueno de René Descartes decía que respecto del mundo, hay que dudar de todo, menos de que se duda, porque entonces ya no estaríamos seguros siquiera de nuestra existencia. Esta posibilidad duele, cuando se le analiza con profundidad.
Dudar de todo es dudar incluso de lo que sé. Pero ¿qué sé?
Los términos ocultos de esta pregunta son la verdad y la certeza. Desde el "sólo sé que no sé" de Sócrates y el Mito de la caverna de Platón, hasta lo que sabemos que no sabemos del calentamiento global y del maíz transgénico, el conocimiento cierto de la verdad es escurridizo y veleidoso.
Algunos filósofos se han enfrentado a esta pregunta y sólo a esta durante toda su vida. Y no han podido dar LA respuesta. Si el contacto con el exterior de nuestra conciencia ocurre sólo a través de nuestros sentidos, ¿cómo estar seguros, por ejemplo, que el rojo que tú ves, es el mismo rojo que yo veo?, ¿cómo saber si la parte de la realidad que tú percibes es la igual a la parte de la realidad que yo percibo?, ¿cómo estar seguros que nuestros sentidos no están “engañándonos” y lo que percibimos no concuerda con la realidad?
En otras palabras, y siguiendo una pregunta antigua y nueva: ¿es real la realidad?
Ante tan descomunal reto, la filosofía sólo se ha atrevido a dar algunos esbozos de respuesta, con la misma salvedad de todas las demás respuestas: esto es sólo un acercamiento y aquí hay menos acuerdo aún.
A diferencia de la pregunta anterior (en el post de abajo: ¿quién soy?), hay pocos consensos y presento someramente aquí algunas de las discusiones hasta la fecha.
Primer discusión: La realidad existe, independientemente de que la percibamos o no.
Esta afirmación, cuna del materialismo, implica que no es necesario que tengamos conciencia del mundo ni de nosotros mismos para que el mundo sea. Es más, que ni siquiera es necesario que existamos, para que todo lo demás exista.
Los que se oponen, dicen que esto es un error. Que si no hay conciencia del mundo, entonces no tiene sentido siquiera plantearse la realidad de su existencia. La semilla del idealismo, es decir que la idea de la cosa es necesaria para que la cosa exista, ha permanecido entre nosotros desde el principio de las reflexiones sobre lo que es y lo que no es.
Segunda discusión: No es posible acceder al conocimiento de la realidad. Es decir, no es posible alcanzar la verdad de las cosas.
Suponiendo que la discusión anterior se solucionara, entonces tendríamos que enfrentar este segundo dilema. La realidad existe (primero en la materia o primero en la idea de la materia), pero ¿es posible conocerla?
Parménides decía que eso sería posible sólo si el mundo no cambiara nunca. Heráclito decía que el mundo lo único que hace con seguridad, es cambiar. Con el filtro de nuestros sentidos activo, lo más que podemos decir, con Platón, es que quizá sólo atisbamos una imagen de la realidad, imagen que puede estar totalmente distorsionada, ya ni siquiera por nuestra voluntad, sino por nuestra incapacidad de acceder a su conocimiento.
Tercera discusión: Suponiendo que la verdad pueda ser alcanzada, ¿cómo nos aseguramos de que lo que sabemos es la verdad?
En otras palabras, ¿qué es la certeza?, ¿cómo estar seguros de que lo que sabemos es verdadero? Los ejemplos no tienen que ser de altos vuelos. En la vida cotidiana, por ejemplo los celos, son tema de esta discusión.
La certeza es un asunto también escurridizo. Los políticos, los empresarios, los líderes religiosos, todos afirman estar en lo cierto respecto de sus devenires y los nuestros. Pero también nuestros padres, nuestros hijos, nuestros jefes, subordinados y compañeros en el trabajo, nuestras parejas y amigos. Desde cosas tan absurdas como esa de que el cliente siempre tiene la razón, hasta el consabido "porque soy tu padre", todos queremos decirle al mundo que tenemos la certeza de conocer la verdad. Y eso es poco menos que imposible (que conste que no estoy diciendo que es imposible, sino poco menos que imposible. Aunque eso no significa que yo si pueda hacerlo).
Cuarta discusión: Si nosotros no podemos acceder al conocimiento verdadero ni tener certeza de él, debe haber alguien que pueda, alguien que haya creado ese mundo o esa idea del mundo.
Este es el origen de la teología (no de la religión, sino de la teología… más adelante me meteré en estos lares), pero los que se oponen a esta manera de reflexionar, dicen que no hay necesidad de un ente creador, que el mundo, el universo pues, bien pudo haber surgido de la nada.
Y esta última afirmación es el origen de la discusión sobre el ateísmo y el deísmo. Se ha simplificado tan absurdamente este asunto que ahora incluso hay quien identifica a los ateos con el materialismo (aunque haya muchos ateísmos y muchos materialismos), y a los idealistas con los religiosos (aunque haya muchos idealismos y muchas religiones).
Mientras esto se resuelve (que creo que no pasará en mi vida), me quedo con Descartes pues: dudaré de todo, menos de que dudo, para no terminar loco creyendo que no pienso porque no existo y si no existo, entonces ¿estoy escribiendo esto?. Porque la mayor de nuestras ignorancias, es la ignorancia de lo que ignoramos.
Difícil cuestión ¿verdad?
Blas Torillo
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